Noviembre

            Llueve.
            Pequeñas lágrimas caen de los tejados. Cortinas de agua se ven en la lejanía; una lejanía en la que predomina el frío, esperando a ser coloreada de nuevo. Grises desiguales que iluminan la vida de ciudades de todo el mundo. Muchos sentimientos acumulados sin necesidad de ser explicados: desde la melancolía más remota hasta la ilusión más profunda.
Personas que van y vienen. Vidas ajenas, importantes solo cuando acontece una desgracia. Ruido producido por tormentas que cada vez se hacen más grandes. Una muchedumbre que pasa rápido por las calles por miedo a mojarse y que no salta en los charcos por el qué dirán.
          Despiertas. Abres un ojo. Después el otro. Y llueve. Te asomas al balcón y observas cómo una aglomeración de personas a la que realmente no perteneces huye despavorida de la lluvia. Coges el paraguas y sales a la calle. Sonríes. Iluminas cada rincón con tu desparpajo natural; parece que el sol vuelve a brillar entre tantas nubes que habitan el cielo. La gran multitud dirige sus sombrías miradas hacia ti pero tú creas otra realidad. Una realidad en la que una de tus sonrisas puede salvar el mundo.

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