Octubre
Por fin. Después de toda una vida sin
darse cuenta descubrió, al fin, que estaba rodeada de gente que la quería y
ahora no quería dejar de sentir.
Se sentía arte. Se sentía arte porque,
simplemente, hacía sentir algo. Además, se sentía arte porque, al dibujar una
sonrisa, parecía arreglar mundos. Pero, sobre todo, se sentía arte porque,
aunque no fuese La noche estrellada de
Van Gogh, en sus ojos parecía albergar un universo.
Se sentía música; pero no música de
discoteca, sino la música más pura que existe. Se sentía música porque tan solo
con su tacto creaba grandiosas melodías; porque bailando, aunque no supiese,
podía dibujar fantásticas armonías con sus pies.
Se sentía agua. Se sentía agua porque sus
lágrimas creaban pequeños ríos en su tez o, quién sabe, quizá porque tenía la
capacidad para congelarse o evaporarse según las circunstancias dadas.
Se sentía electricidad; esa electricidad
que hace saltar chispas desde la distancia.
Se sentía magia. Se sentía magia porque
creaba sensaciones irrepetibles y, a veces, desconocidas. También se sentía
magia porque tenía la sensación de poder volar más allá de sus sueños.
Desde
que era una niña le habían inculcado unos valores. Valores que la sociedad
había impuesto y valores, claro está, que ella no compartía. A medida que fue
creciendo empezaba a sentirse excluida en una sociedad que no pertenecía a
nadie. Sabía que el tiempo no estaba de su parte y que este no iba a tener
compasión por ella al igual que no la tendría por nadie. Poco a poco empezó a
darse cuenta de que era presa de una situación de la que le sería difícil
escapar si no tomaba medidas para ello.
Todos los días iba a pasear por el parque.
Le encantaba el olor a otoño así como las hojas que caían lentamente de los
árboles. Le gustaba salir a pasear cuando llovía y contemplar cómo los demás
huían de la lluvia mientras ella esbozaba pequeñas sonrisas bajo su paraguas.
Era una persona soñadora y, sin duda, lo que más le gustaba del otoño era el
pensamiento que afloraba en su cabeza al pensar que, con la primavera, todo
renacería dando vida y color a algo que parecía inerte.
Todos los días, desde principios de esta
estación que ella consideraba maravillosa, iba al parque a sentarse en un
banco que para ella fue el mejor rincón del mundo.
Poco
a poco pudo observar cómo una pareja de ancianos se sentaba todos los días
junto a ella. No sabía por qué pero los miraba con recelo viendo cómo
desprendían felicidad. Pasaron los días y, realmente, nunca tuvo el valor de
dirigirles una sola palabra. Se limitaba a observarlos. Día a día veía cómo
aquellos ancianos derrochaban gestos llenos de bondad y generosidad con personas ajenas a
ellos, incluso desconocidas. Eran capaces de dar todo de ellos sin pedir nada a
cambio, conformándose con una sonrisa.
Fue eso lo que le hizo pensar y,
contagiada de aquella actitud tan positiva, comenzó a tener gestos similares
con sus familiares y amigos, incluso con la gente que necesitaba ayuda. A raíz
de esos pequeños gestos, empezó a ver la vida de otra manera. Empezó a sonreír,
a ilusionarse y a vivir. Todos los días dedicaba un poco de su tiempo a ir al
parque a observar a los ancianos. Ya no los miraba con recelo, sino con respeto
y admiración.
Todo
cambió cuando el frío empezaba a calar en los huesos y el otoño se marchaba
para dar paso a la llegada del invierno. Aún se podía pasear entre las hojas
caídas de los árboles sin pasar mucho frío.
En uno de sus paseos habituales se dirigió
al banco que le había aportado tanto. Para su sorpresa los ancianos no estaban.
Se preocupó, pues, aunque no hubieran intercambiado una palabra en la vida,
nunca faltaban a su cita. Los días pasaban y el banco estaba vacío. No quiso
aceptarlo, pero no iban a volver. Pensó que quizá se habían cansado del banco y
de su silenciosa compañía.
A medida que los días pasaban, dejó de
visitar el banco en el que había aprendido tanto y, sin dudarlo, siguió con
aquella actitud que le había aportado tantas cosas buenas.
Después
de una larga vida sin darse cuenta de lo útil que podía ser para los demás, no
solo se sentía arte, música, agua, electricidad o magia. También se sentía
libre.
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