Septiembre
Parece una noche
normal y corriente. Una noche más para todas esas personas que están
compartiendo una tranquila velada en un restaurante: familias, parejas, amigos…
Sin embargo, al fondo
de la sala y también de la muchedumbre se pueden distinguir a un chico y una
chica. Seguro que alguna vez les han dicho que son hermanos pero la complicidad
que tienen no les delata como tal. El semblante de la chica está envuelto por
una tristeza que ni si quiera sus ojos se atreven a mostrar, mientras que el
chico parece serio, como si su corazón se hubiese convertido en hielo de un
momento a otro. Un hielo que solo sus besos son capaces de derretir.
Aunque pueden pasar
desapercibidos, si alguien se alguien se fijase en ellos, seguramente diría que
es una pareja que está pasando un mal momento producido por una de las causas
que predominan en la actualidad. Esas causas que no tienen nada que ver con el
amor.
Terminan de cenar. Paga él o paga
ella. Qué más da. Se levantan y entrelazan sus manos. Ella aprieta bien fuerte,
como si no quisiera soltarlo nunca; como si no hubiese un mañana. Él sonríe y
le da un beso que le sale desde muy dentro de sí. Sin pensarlo. Entre besos,
abrazos, sonrisas y miradas que, en realidad, no quieren que terminen nunca, se
marchan del local. Nadie sabe dónde irán. Nadie sabe qué harán. Lo que la gente
no se imagina es que esta pareja aparentemente normal va a pasar por uno de los
momentos más duros que para ellos hay. Él se marcha mañana a unos quinientos
sesenta y tres kilómetros de distancia. Ella se queda en Segovia donde empezará
a echarle de menos desde antes de que se vaya.
Él la acerca a casa.
Para el motor del coche. Ninguno de los dos, ni él ni ella, quiere hacerlo pero
saben que están obligados a ello. Ella comienza a llorar. Él intenta hacer todo
lo posible por tranquilizarla pero es imposible. La tristeza en ella se
acrecienta. Él la abraza con más fuerza todavía, intentando no caer también;
con un gran nudo en el estómago.
Llegan los besos. Esos
besos dulces que parece que son néctar para ambos. Más lágrimas. Llegó el
momento de irse. Ella baja del coche y le da un último beso. El beso más duro
para ambos; el que les va a tener esperando para el próximo. Él se queda allí
unos minutos más, viéndola regresar a casa. Aún suenan en su mente esas últimas
palabras que ella le ha dicho: “Avísame
cuando llegues… y mañana cuando salgas y cuando llegues también, por favor. Te
quiero. Te quiero muchísimo, mi vida.”
Ella entra en el portal y sube las
escaleras, llegando de nuevo a ese viejo piso en el que ha compartido tantos
momentos con él. Lo quiere. Lo quiere casi más que a nadie y está dispuesta a
darlo todo para que su relación salga adelante. Porque merece la pena.
Mientras tanto, él está de camino a casa… intentando asimilar de nuevo la situación. Fue un buen verano junto a ella. El segundo verano de los muchos que les quedan. Llega a casa y la avisa. Piensa en las tantas cosas que le podría haber dicho pero no sabe muy bien cómo. Solo sabe demostrárselo con gestos impregnados de amor. La quiere. Habla un poco con sus padres y se va a dormir sabiendo que mañana será un largo día.
Mientras tanto, él está de camino a casa… intentando asimilar de nuevo la situación. Fue un buen verano junto a ella. El segundo verano de los muchos que les quedan. Llega a casa y la avisa. Piensa en las tantas cosas que le podría haber dicho pero no sabe muy bien cómo. Solo sabe demostrárselo con gestos impregnados de amor. La quiere. Habla un poco con sus padres y se va a dormir sabiendo que mañana será un largo día.
Muy bien escrito, Paola. Enhorabuena por tu blog y por tener esta afición tan estupenda de escribir. Espero el próximo relato.
ResponderEliminarAbrazos.